Desde pequeño aprendí a volar en sueños.
Cuando caminaba hacia el castillo amarillo de mi colegio, aparte de unos señores de luto rancio como Dios, con olor a tabaco malo y pies, que no sanaban a nadie pese a la leyenda, más bien: me corrompían y ennegrecían el entrecejo con mil listas de reyes ignorados ya hasta por Franco, ríos, cabos, afluentes, alturas, producción de carbón, irregular verbs, génesis, éxodo, levítico, números, deuteronomio, cómo coger el tenedor y aguantar bofetadas; aparte de alguna flatulencia, que, no siendo, ni de lejos, lo más vil de sus quehaceres, en el aflojamiento de las siestas que disfrutaban en las clases de sobremesa dejaban escapar; aparte, y con especias especiales, siempre me fastidiaban las niñas del parque, tan repelentes y chillonas y rotas a risas por cualquier cosa que, aunque no fuera yo, pensaba que sí para volar más.
Ellas saltaban a la soga, porque aquí nunca dijimos la comba, fos; y yo ¿qué hacía?: volar. ¿Por qué?: porque de pronto me miraban con aquellos ojos azules, todos los ojos imposiblemente azules, y el pelo prematuramente teñido de amarillo, todo el pelo de una infancia rara amarillo bajo el sol en el parque de García Sanabría, y los pavos reales chilaban al fondo, como la mona chita, más o menos, y abrían las colas y las cerraban, y los monos de verdad se tocaban con el dedo apestando a naranja vieja; y todas ellas, las niñas glaucas, iban a empezar a reírse: no de mí.
Porque entonces yo volaba. O volé. Volé y volaba. Volé una vez y mil veces volaba. Sobre las niñas celestes que paralíticas, boquiabiertas, contemplaban mi vuelo sobre sus cabezas quietas, casi temblorosas, como las de los pichones de golondrinas esperando una semilla o un gusano.
Ese fue mi primer sueño de volar y se repitió muchas veces hasta que abandoné a la pubertad en el muelle.